Las consecuencias directas del tabaco sobre la salud son de dos tipos. En primer lugar, el fumador se vuelve adicto a la nicotina. En segundo, el tabaco produce enfermedades mortales y discapacitantes y, en comparación con otras conductas de riesgo, conlleva una enorme posibilidad de muerte prematura.
Los fumadores, a largo plazo, tienen 50% de probabilidades de morir de una enfermedad relacionada con el tabaco. La mitad de estas defunciones ocurrirán antes de los 70 años de edad.
Actualmente se sabe que el tabaco contribuye a enfermedades como cataratas, neumonía, leucemia mieloide aguda, aneurisma de la aorta abdominal, cáncer de estómago, cáncer de páncreas, cáncer de útero, cáncer de riñón y otras enfermedades. A estas enfermedades se les une la larga lista de las conocidas asociadas al consumo de tabaco, como los cánceres de pulmón, vesícula, esófago, laringe, boca y garganta;
bronconeumopatía crónica, enfisema y bronquitis; apoplejía, ataques cardiacos y otras enfermedades cardiovasculares. De hecho, hoy sabemos que el tabaco produce el 90% de todos los cánceres de pulmón .
Por desgracia, el tabaco también afecta a la salud de los no fumadores. Los hijos de madres fumadoras nacen con peso más bajo, enfrentan mayores riesgos de enfermedad respiratoria y muestran mayor tendencia a sufrir el síndrome de muerte súbita del lactante que los hijos de las no fumadoras. Además, los niños expuestos en su vida diaria a los efectos negativos del tabaco, tienen mayor riesgo de contraer asma, neumonía, bronquitis e infecciones del oído. Los no fumadores adultos corren un riesgo, pequeño pero creciente, de contraer una enfermedad crónica discapacitante o mortal como el cáncer del pulmón o enfermedades del corazón por exposición al humo de los fumadores.